Cómo no voy a volver

Echo de menos a mi perro

Carlos

Dec 21, 2025

La navidad es inminente, se ha acercado pacientemente, poco a poco, paso a paso, como en una maratón ha ido acercándose hasta que nos tiene a tan solo unos días de distancia. En cierto modo está tan cerca que ya no podemos huir, no hay donde esconderse y solo podemos observar como ya está solo a unos metros de distancia, detallando visualmente su figura, cómo actúa, alargando sus brazos, llegando hasta nosotros, cogiendo una recortada, abriendo el cargador y metiendo dos balas, una en la que pone “consumismo” y otra en la que pone “tiempo con tu familia”, cerrando la escopeta, cargándola con una sola mano y apoyándola en nuestra sien mientras nos susurra “ho ho ho, toma turrón”. BAM. Santa’s home baby y trae de regalo al niño jesús en forma de Labubu.

Vuelvo a casa. Donde viven mi perro, mi hermana y mi madre. Donde se dan regalos, abrazos, besos, turrón, cocido, discusiones, falacias, medias verdades, promesas de venir a verme y una cantidad insensata de referencias a chistes internos que solo mi hermana y yo entendemos. Referencias de Los Simpsons, memes de boomers e historias de padreadas pasadas. Puede que volvamos a jugar al Overcooked y acabemos como Carmen en The Bear solo que siendo conscientes de que estamos al borde de un brote psicótico. Estas navidades dile “Yes chef” a tu terapeuta, anda.

Las semanas previas han sido raras. Estoy cansado, agotado, exhausto de dedicar mi vida a los stakeholders y de no aportar nada de valor real a la sociedad. Desde que compré los billetes solo he fantaseado con no volver después de navidad. Como en verano antes de marcharme de interrail y ni siquiera con la fantasía de ver cómo de mal se las ingenian sin mi. Me importa una mierda. Solo quiero hacer algo más que aportar un granito de arena para que la cuenta de resultados de la empresa siga sumando ceros. Bueno, por lo menos me voy por un rato. Como quien va al baño en una fiesta para meterse una raya y volver más fresco que una rosa yo me ausento 15 minutos y cuando vuelva la única promesa es que no voy a estar mejor que antes de ausentarme.

Mi familia es pequeña. No quedamos muchos. Mi padre murió hace 13 años y no se si podría hablar de feminismo, quiet quitting, capitalismo tardío y lo bien que juega Alcaraz con él. A lo mejor me llamaría talibán o comunista o infiel como buen sociata y amante de Rafa Nadal. O quizás habría saltado el rubicón de la izquierda y se habría puesto al día leyendo de nuevo a Marx, Kropotkin e Isabella Federici. Y también aceptaría que el tenis es mejor con Sinalcaraz. Pero no está, y esto es un ejercicio de terapia, y el domingo estaré con mi familia. Solo somos 3 miembros nucleares (4 si contamos a mi hermana) con los que comparto raíces y secador de pelo. Los abuelos no están. Los tíos y tías o viven fuera o tienen compromisos. Somos solo tres y somos irremplazables, pero he de decir que es mejor así.

En las familias pequeñas todo está a escala. No hay muchos regalos, porque somos muy pocos. La economía de Macau no puede permitirse bombarderos, así que siempre preguntamos primero y acertamos después, no hay mucha sorpresa pero los regalos se disfrutan igual. No compramos mucha carne, las comidas son pequeñas y los platos son limitados así que hacemos hincapié en qué queremos comer y siempre hacemos algo que nos gusta a todos. Y es que por ser pequeña hasta son diminutas las discusiones porque enfadarte con más de una persona en una familia de tres miembros es estar solos en el mundo. Es el protocolo disuasorio perfecto. No puedes permitirte todas las discusiones que quieras por eso dejo a mi madre que me diga que “no entiendo lo del LGTPRTQMás” o que “los jóvenes de ahora no os esforzáis nada” es verdad, soy un bisexual vago madre, pásame el vino, anda.

Nosotros nunca fuimos de ser muchos. Solo mis abuelos se sentaron a la mesa regularmente cuando era pequeño y aún así la familia se sentía mullidita. En ocasiones, muchas veces ya sin mi padre, nos juntábamos con mi tía, mis primas y acabábamos siendo 30, y esas navidades se sentía mullidita de nuevo, incluso con algún cojín extra que luego se ha echado de menos. Después, en las navidades que venían grupos independientes que mi hermana y yo no conocíamos demasiado, nos llevábamos un facepalm terrible y deseábamos haber pillado solo la entrada de un día para ver a los grupos que nos gustan. A veces se acierta con los invitados y otras veces no. Hay años de experimentos, años de continuidad y años, como este, en el que el presupuesto emocional no da para más y seremos solo tres. Cuatro si lo contamos a él.

Porque ante todo está él. Siempre presente, cerca de nosotros. No se sienta a la mesa porque no puede, pero es testigo de todo este ritual. De mi llegando tarde, de mi hermana poniendo la mesa terriblemente mal porque es zurda, de mi madre cocinando y comprando 21 ostras que tendré que comerme yo porque no sabía que a nadie le gustaban y ahora nos las tenemos que comer para que no se pongan malas y yo solo pienso en si me va a dar gota. Y las discusiones son menos, y los regalos son suficientes y el vino está buenísimo y nos reímos y recordamos y a lo mejor se nos salta una lágrima. Y él está ahí. Aunque no le veamos, aunque no esté presente en la habitación, él está ahí. Presente desde hace años. Y le queremos, porque es el mejor, aunque alguien venga de visita y ladre y se ponga perdido al comerse las sobras… nuestro perro Django es el mejor.

Otro día os cuento la historia de cómo mi padre inventó los regalos en formato PowerPoint y así le recordamos con cariño también. Cuando vuelva de terapia.

subscribe to drapergiggs to get updates straight to your inbox