Boumba
La paternidad es una cosa...
Un gato entra en mi habitación a las cinco de la mañana. Maúlla, alto, repetidas veces. Un maullido roto pero decidido, directo pero lamentoso. Quiere algo y quiere romperme el corazón para conseguirlo. En internet pone que es para llamar la atención, que puede esperar, que lo mejor es no hacerle caso. A este gato, que ha entrado en mi habitación a las cinco de la mañana, se le ignora.
Se sube a la cama a trompicones, como puede, porque tiene catorce años y la artritis es uno más de los muchos achaques que tiene. Se sienta en medio de los dos, a la altura de la cadera, observando como nos hacemos los dormidos. No sé cómo pero sabe que estoy despierto y que he escuchado toda la ceremonia desde el primer maullido, porque a estas alturas despertarse a las cinco para darle de comer es rutina ya.
Sabe que le estoy ignorando, se las sabe todas porque es gato viejo y porque antes de vivir en nuestra casa vivió muchos años en la calle, entre arbustos, coches y borrachos, pasando frío, resguardándose de la lluvia y sobreviviendo gracias a las latas que una vecina le ponía cada semana. No tiene dientes, no puede comer bien y necesita ganar peso. Con esta edad y toda esta lista de impedimentos para la vida que siga con apetito es un milagro.
Sigue sentado entre los dos, paciente, sabiendo que somos débiles, que somos sus padres y sus sirvientes, que juramos cuidarle, alimentarle y entretenerle. Se recoloca, avanza unos pasos hasta estar a la altura de nuestros pechos. Nuestro deber es darle de comer y él quiere lata. Lata cara, porque es de veterinario, lata de comida húmeda, de las que la mayoría de gatos tiene como extra, lata que es posible pruebe y deje casi sin tocar. Nos mira fijamente y maúlla unas cuantas veces.
A estas alturas mi sueño no es sueño ni descanso ni reposo, es un debate entre levantarme y reforzar esta rutina para dormir lo que queda de noche o ignorarle y no dormir para dejar a un gato de catorce años sin comer un par de horas más. Abro los ojos y ahí está, mirándome con tono confiado pero no desafiante. Sabiendo que la respuesta es siempre si es la manera más fácil de preguntar. Le acaricio, y lo agradece. Noto todos los huesos desde su cuello hasta su cola, pasando por su clavícula, espina dorsal y caderas. Su cola es irregular, entera, pero irregular, probablemente alguien le pisó muy fuerte hace muchos años y desde entonces, algunos días, le duele cuando le pasas la mano por ahí.
Un día, hace año y medio, esa vecina que le daba latas entre los arbustos y gracias a las que él sobrevivía falleció y otro vecino se acordó de él, lo recogió y lo dejó en el refugio. Este gato, que ha vivido tantos años en la calle, que ha sufrido como un refugiado y vivido como un sintecho está ahora viviendo con nosotros los últimos años de vida que le quedan hasta que sus riñones digan basta y una parte de nuestros corazones se rompa con ello. El día que lo conocimos nos hizo fiestas, pidió mimos y no se separó de nosotros. Nosotros firmamos los papeles de adopción. Porque primero nos escogió él y después le elegimos nosotros. No hay forma clara de adoptar un gato. Simplemente pasa. Yo quería un gato negro, de unos tres años, tranquilo y no muy dependiente, y me llevé un gato gris de catorce años con fallo renal que necesita medicación diaria y comida húmeda. Es como un bebé al que sabes que vas a sobrevivir.
Este gato es como muchos bebés. No le entiendes, depende de ti para todo, se caga por ahí si no llega a tiempo, se mea cuando se excita demasiado jugando y algunas noches cuando te despierta hambriento a las cinco de la mañana desearías no estar vivo y poder descansar. Es una responsabilidad completa, de repente los viajes necesitan planificación exhaustiva, cuidador para el fin de semana, amigos que quieran ponerle de comer y cambiarle la tierra cuando no estás y un terror inexplicable a que un día te dejes la puerta de la calle abierta y desaparezca para siempre. Bromeamos con que este es el baby trial, la prueba para ver si podemos ser buenos padres, y el resultado de momento es que lo haremos lo mejor que podamos.
La paternidad es una cosa. “Por 50 euros, cosas que parecen ilegales hacer sin avisar al gobierno pero que hacemos sin permiso”. Traer niños al mundo, dar a luz, procrear, llamar a la cigüeña, pedir hora con el hacedor de bebés, poner una semilla y que crezca un niño melón… terrorífico y esperanzador, sin libro de excusas altruistas y con más incógnitas que certezas a pesar de la literatura existente. Todo comienza con una célula que se divide trillones y trillones de veces hasta que un ser complejo con pulmones, ojos, brazos y sorprendentemente las cejas más pobladas que has visto en tu vida atraviesa el canal del parto. Es una bomba nuclear descontrolada, entropía celular ordenada para un vida nueva.
Decido levantarme. Para entonces son las cinco y veinte. En hora y media suena el despertador y me cagaré en él, pero ahora mismo me concentro en coger un sobre de comida húmeda y vertirlo en su cuenco. Sorpresa cuando el cuenco aún tiene comida de anoche. Se la pongo delante de sus narices. La mira, la huele, la prueba, me mira de nuevo y maúlla. No le gusta, no tiene olor, está seca… yo que sé. La tiro y pongo la nueva, pero es de esas que él no puede comer del todo bien así que cojo un tenedor y hago un puré de comida húmeda para que pueda comérsela. Coloco el cuenco delante de él y comienza a comer. Poco a poco. Normalmente da un par de bocados, se va a beber agua, y vuelve a comer un poco más. Así durante diez o quince minutos. Entre viaje a beber agua y viaje a beber agua, me aseguro que la otra gata no se coma su comida y rezo para que coma mucho y rápido y pueda volver a la cama.
A los veinte minutos, rozando las seis de la mañana, decide que está lleno, se relame, se limpia las patas y se va a dormir al sofá. Guardo su cuenco con lo que queda de comida y me voy a la cama. Intento desconectar y dormirme rápido para exprimir esos últimos minutos antes de levantarme. Poco después escucho su cascabel subiendo las escaleras. Me cago en dios, pero en vano. Abre la puerta con una pata, se sube a nuestra cama a trompicones y se hace un hueco entre mis piernas. Ya no me cago tanto en dios. Allí, entre mis piernas, calentito y dando calor dormirá hasta que suene nuestro despertador y vuelva a maullar de nuevo como acordándose y diciéndonos que aun quedaba comida en su cuenco y es hora de desyunar. Qué listo que es.