La música, el desfile, el encuentro
Las fiestas de Moros y Cristianos de Sax se celebran del 1 al 5 de febrero en honor a San Blas, patrón de la villa, desde 1627.
Me llamo Carlos y soy de Sax. Crecí aquí aunque muchas veces ya no me siento de aquí. En mi pueblo tengo familia, amigos y rincones. Reinados de adolescencia y una cerveza de más. Primeras veces y últimos momentos. Muchos abrazos y muchos gritos. La España profunda tiene un pedazo de tierra con la forma del valle del Vinalopó.
Las tradiciones son como una parte de ti que no sabes que son parte de ti hasta que la iconografía se te aparece y te atrapa otra tarde más. Recuerdos de una infancia moldeada por la rutina religiosa o histórica de sus fiestas. Fiestas de beber, festejar y reencontrarse más que de penitencia, rezo e iglesia. La fiesta pagana en la hoguera hay que beber.
Cuando repartieron las fiestas a mi pueblo le tocaron los Moros y Cristianos en honor a San Blas, un médico turco que salvó al pueblo de una epidemia de garrotilo y al que le estaremos eternamente agradecidos por ello. En su honor durante cinco días el pueblo estalla en una especie de locura colectiva en la que las reglas las marca la música, los pasacalles, los festeros y las campanas de la iglesia que nos dicen cuando hay que hacer y cuando hay que descansar.
Mi encontronazo con las fiestas es más teórico que práctico. Tengo mis cuestiones sin resolver como todo el que se va del hogar que le vio crecer y que no creo que pueda ya resolver nunca a pesar de las dos horas de terapia mensuales. Ahora mismo ya no soy un rarito intentando encajar sino un extraño en su hogar. “Policía, hay un extraño en mi casa, y ese extraño soy yo”. Tengo síndrome del impostor dentro de la muralla en la que viví durante dieciocho años.
Toda una adolescencia intentando encajar en estas fiestas pensando que la adultez y buscar mi lugar en el mundo harían del hijo pródigo una personalidad en la que acurrucarme cuando todo lo que he conseguido es quedarme a pie cambiado para siempre sin saber a qué lugar me refiero cuando hablo de hogar. Las fiestas acentúan ese sentimiento con una incesante cantidad de reencuentros que son en general agradables y algunos en particular incómodos. Pero es un pueblo, qué te voy a contar, nadie se lleva bien nunca.
Aquí en fiestas desfilamos con pasodobles. Muchos pasodobles, tenemos de todo tipo: algunos pasodobles preciosos, otros pasodobles solemnes, algún pasodoble estricto y siempre nuestro pasodoble favorito. Tenemos comparsas en las que encontrar nuestro sitio y aunque mi padre siempre fue muy activo en la comparsa en la que desfilamos, ahora mismo estamos solo nosotros mismos aislados en nuestra pequeña burbuja. Sin embargo seguimos desfilando, porque nos encanta.
Hay algo en el sentir de la música y marcar el ritmo, con ese orden de grupo y estar juntos y caminar y marchar y seguir que simplemente hacen que desfilar sea divertido y poderoso. Que si este pasodoble me encanta, que si mira como marco el paso, que si esta escuadra está finísima, que si mira qué bien lo hacemos, que si qué jodidamente estúpido es que esto sea divertido. No puedo explicartelo mejor, es difícil de entender.
Este año hace mucho viento y odiamos el viento. En nuestra comparsa los gorros que llevamos tienen plumas de avestruz blancas y rojas que con el viento hacen efecto vela y se pueden descoser. Y las plumas de avestruz son increíblemente caras, como todo en el traje. Normalmente un traje nuevo debería durar generaciones. El mío tiene ya diecinueve años y tiene que durarme cincuenta años más, hasta que me muera, y después espero que alguien lo herede y siga utilizándolo como hice yo con trajes de festeros que ya no están. Los trajes de moros y cristianos son eternos y así la tradición sigue viva por muy problemática que sea.
Los festeros que no están y los festeros que vienen. Bebés en brazos, trajes hechos con lana y una profunda sensación de continuidad. Extraños que miran y se unen. Comunidad hecha a base de música, comida y risas. Las fiestas están vivas, han mutado, cambiado y seguirán haciéndolo. A pesar de los reparos, a pesar de mi visión problemática y despojada de toda religiosidad, en el pueblo las fiestas son un abrazo colectivo anual. La facilidad para encontrarse pueden conmigo y me traen de vuelta. La música, el desfile, el encuentro. Las cervezas y el aperitivo. El “Cuanto tiempo”, el “me alegro mucho de verte” y el “este año te visito”. Las fiestas siguen en pie, como una tradición inmortal, y nosotros seguimos dispuestos a volver, a donde pensamos que ya no nos quieren o donde no creemos encontrar nuestro sitio, alguien abre una puerta y te ofrece entrar a comer.
Cinco días de fiesta y uno de descanso. Y cuando termina te acuerdas de que tienes que sacarle el doble al traje, que ya no te viene, o planeas hacerte un fajín nuevo o invitar a tus amigos de fuera o alquilar un cuartelillo con tus amigos para el año que viene en el que volverán las dudas y yo volveré a desfilar.