-
Estos lugares no me recuerdan
Dec 28 ⎯ He estado pasando lista en Valencia y en el pueblo. Cada vez que vuelvo tengo que hacerlo: quien está presente, quien está ausente, qué lugares cerraron y cuales se mantienen entre hostels y CBD shops. Pasé lista a amigos, familia, mascotas, calles, rincones y el campo, aquel lugar al que las raíces me mantienen unido en una relación tóxica en la que no estamos bien pero seguimos estando. Es raro volver a los sitios que alguna vez me rodearon día a día y ver que ahora son ajenos o lejanos a pesar de pisar sus suelos y visitar sus entrañas en tiempo real. La calle por la que iba a trabajar es una calle más. La tienda de discos a la que iba cada viernes ahora huele diferente. La esquina en la que quedaba para salir de fiesta está llena de mensajes de “compro piso” y el graffiti que me gustaba ha desaparecido. ¿Alguna vez fueron parte de mi realidad? como esos amigos con los que me dejé de hablar cuando me mandaron un Whatsapp diciendo que la tierra era plana y las antenas del 5G te meten el cáncer yo he bloqueado esa familiaridad y la nostalgia es compleja y difícil de identificar ¿De donde cojones viene y porqué cojones está ahí? Puede que sea esa familiaridad de pequeños detalles que hacían de un lugar tu hogar y solo descubres cuando estás in vivo o a mil kilómetros de distancia (y que da lugar a otra conversación sobre qué es un hogar), pero también por la fotografía de un sitio que muere y necesita actualizarse. Yo cuando visito un sitio guardo una instantánea del lugar (como probablemente cualquier persona humanamente humana) y al volver, tiempo después, esa fotografía muchas veces está desactualizada, es vieja, inservible como foto de reconocimiento del lugar, y entiendo que mi memoria ha quedado enlazada a un lugar que ya no existe. La nostalgia me destroza la mandíbula por dos sitios y soy el hazmerreír de internet durante una semana. Algunos lugares se mantienen, siguen ahí, presentes, puede que la foto sea diferente pero al tomar una nueva instantánea veo que, aun con cambios, es reconocible. Su esencia es la misma, el aire es cálido, el ambientador es el mismo. Los sitios se sienten reconocibles, agradables, a nuestro lado. Me cuesta quitarme de la cabeza la sensación de nostalgia pero por lo menos sé donde estoy. El coche de Google Maps soy yo y el mapa es mi puta vida. Vivir vidas y atravesar portales, encontrar gente y dejar amigos atrás, nuevos inicios y viejos cierres. Reencontrarse es una aventura. Es coger la memory card y buscar la partida guardada y cuando empiezas ya ni te sabes los controles. Que si equis era saltar pero ahora es disparar. Que si cuadrado era disparar y ahora es centrar. Así acabo haciendo el imbécil durante dos días sin saber de qué hablar con viejos amigos con los que no hablo casi nunca ni me mando memes regularmente y lo siento por ellos porque ni les interesa saber sobre lo bueno que es ir a yoga o lo bueno que es el último disco de King Gizzard o el último drama en internet pero hago ajustes y al final nos entendemos y hablamos de nuestras movidas y al final echamos un partido juntos y nos lo pasamos bien. Volver a casa. Siempre es volver. Tu sitio está donde pagas impuestos y tus amigos son los amigos que haces en el camino. Siempre haciendo side quests y la misión principal ya la haré. Vivir en mil sitios y siempre volver a casa, como si las raíces crecieran contigo, como si me hubieran seguido hasta Bruselas. Las muestro, las enseño, me explico, no las dejo escondidas bajo la alfombra porque es imposible dejar de ser de donde se es. “You can take your boy out the hood. But you can't take the hood out the homie”. Aun con la nostalgia, con la melancolía, una sensación que a veces es dolorosa y a veces agridulce, sé que lo que estoy viviendo quedará también como una foto congelada en el tiempo y que la próxima vez que vuelva tendré que desempolvarla y sacarla de la caja y decir “joder, esta foto también es vieja”. La esperanza es saber que yo mismo siga estando y que pueda decirlo y compartirlo, sabiendo que la foto la próxima vez estará incompleta y puede que sea un bar, una esquina o una amistad muy lejana y desearé que no sea nadie y que sigamos estando todos ya sea juntos y revueltos o separados y aislados. Me da igual que seamos agua y aceite bro, quiero que estemos todos al menos. Las fotografías se actualizan, las guardo en el álbum hasta la próxima vez que nos veamos que seguramente sea en unos meses. Nos diremos eso de que nos llamaremos y haremos una videollamada pero nuestras vidas son complicadas y nuestro tiempo libre un espacio liminal entre noche en vela y noche en vela después de ir a trabajar. Pero nos volveremos a ver y nos pondremos al día y recordaremos fotos viejas. Y volver a casa, una vez más, entre sabores agridulces y movidas que te echan para atrás se lleva mejor, y aunque al subirme al avión piense “a ver si llego pronto para jugar con mis gatos” una parte de mí se queda en tierra y una foto se viene conmigo.
-
Cómo no voy a volver
Dec 21 ⎯ La navidad es inminente, se ha acercado pacientemente, poco a poco, paso a paso, como en una maratón ha ido acercándose hasta que nos tiene a tan solo unos días de distancia. En cierto modo está tan cerca que ya no podemos huir, no hay donde esconderse y solo podemos observar como ya está solo a unos metros de distancia, detallando visualmente su figura, cómo actúa, alargando sus brazos, llegando hasta nosotros, cogiendo una recortada, abriendo el cargador y metiendo dos balas, una en la que pone “consumismo” y otra en la que pone “tiempo con tu familia”, cerrando la escopeta, cargándola con una sola mano y apoyándola en nuestra sien mientras nos susurra “ho ho ho, toma turrón”. BAM. Santa’s home baby y trae de regalo al niño jesús en forma de Labubu. Vuelvo a casa. Donde viven mi perro, mi hermana y mi madre. Donde se dan regalos, abrazos, besos, turrón, cocido, discusiones, falacias, medias verdades, promesas de venir a verme y una cantidad insensata de referencias a chistes internos que solo mi hermana y yo entendemos. Referencias de Los Simpsons, memes de boomers e historias de padreadas pasadas. Puede que volvamos a jugar al Overcooked y acabemos como Carmen en The Bear solo que siendo conscientes de que estamos al borde de un brote psicótico. Estas navidades dile “Yes chef” a tu terapeuta, anda. Las semanas previas han sido raras. Estoy cansado, agotado, exhausto de dedicar mi vida a los stakeholders y de no aportar nada de valor real a la sociedad. Desde que compré los billetes solo he fantaseado con no volver después de navidad. Como en verano antes de marcharme de interrail y ni siquiera con la fantasía de ver cómo de mal se las ingenian sin mi. Me importa una mierda. Solo quiero hacer algo más que aportar un granito de arena para que la cuenta de resultados de la empresa siga sumando ceros. Bueno, por lo menos me voy por un rato. Como quien va al baño en una fiesta para meterse una raya y volver más fresco que una rosa yo me ausento 15 minutos y cuando vuelva la única promesa es que no voy a estar mejor que antes de ausentarme. Mi familia es pequeña. No quedamos muchos. Mi padre murió hace 13 años y no se si podría hablar de feminismo, quiet quitting, capitalismo tardío y lo bien que juega Alcaraz con él. A lo mejor me llamaría talibán o comunista o infiel como buen sociata y amante de Rafa Nadal. O quizás habría saltado el rubicón de la izquierda y se habría puesto al día leyendo de nuevo a Marx, Kropotkin e Isabella Federici. Y también aceptaría que el tenis es mejor con Sinalcaraz. Pero no está, y esto es un ejercicio de terapia, y el domingo estaré con mi familia. Solo somos 3 miembros nucleares (4 si contamos a mi hermana) con los que comparto raíces y secador de pelo. Los abuelos no están. Los tíos y tías o viven fuera o tienen compromisos. Somos solo tres y somos irremplazables, pero he de decir que es mejor así. En las familias pequeñas todo está a escala. No hay muchos regalos, porque somos muy pocos. La economía de Macau no puede permitirse bombarderos, así que siempre preguntamos primero y acertamos después, no hay mucha sorpresa pero los regalos se disfrutan igual. No compramos mucha carne, las comidas son pequeñas y los platos son limitados así que hacemos hincapié en qué queremos comer y siempre hacemos algo que nos gusta a todos. Y es que por ser pequeña hasta son diminutas las discusiones porque enfadarte con más de una persona en una familia de tres miembros es estar solos en el mundo. Es el protocolo disuasorio perfecto. No puedes permitirte todas las discusiones que quieras por eso dejo a mi madre que me diga que “no entiendo lo del LGTPRTQMás” o que “los jóvenes de ahora no os esforzáis nada” es verdad, soy un bisexual vago madre, pásame el vino, anda. Nosotros nunca fuimos de ser muchos. Solo mis abuelos se sentaron a la mesa regularmente cuando era pequeño y aún así la familia se sentía mullidita. En ocasiones, muchas veces ya sin mi padre, nos juntábamos con mi tía, mis primas y acabábamos siendo 30, y esas navidades se sentía mullidita de nuevo, incluso con algún cojín extra que luego se ha echado de menos. Después, en las navidades que venían grupos independientes que mi hermana y yo no conocíamos demasiado, nos llevábamos un facepalm terrible y deseábamos haber pillado solo la entrada de un día para ver a los grupos que nos gustan. A veces se acierta con los invitados y otras veces no. Hay años de experimentos, años de continuidad y años, como este, en el que el presupuesto emocional no da para más y seremos solo tres. Cuatro si lo contamos a él. Porque ante todo está él. Siempre presente, cerca de nosotros. No se sienta a la mesa porque no puede, pero es testigo de todo este ritual. De mi llegando tarde, de mi hermana poniendo la mesa terriblemente mal porque es zurda, de mi madre cocinando y comprando 21 ostras que tendré que comerme yo porque no sabía que a nadie le gustaban y ahora nos las tenemos que comer para que no se pongan malas y yo solo pienso en si me va a dar gota. Y las discusiones son menos, y los regalos son suficientes y el vino está buenísimo y nos reímos y recordamos y a lo mejor se nos salta una lágrima. Y él está ahí. Aunque no le veamos, aunque no esté presente en la habitación, él está ahí. Presente desde hace años. Y le queremos, porque es el mejor, aunque alguien venga de visita y ladre y se ponga perdido al comerse las sobras… nuestro perro Django es el mejor. Otro día os cuento la historia de cómo mi padre inventó los regalos en formato PowerPoint y así le recordamos con cariño también. Cuando vuelva de terapia.
-
Este ya no soy yo
Dec 16 ⎯ Llevo arrastrando una crisis de identidad digital enorme desde que hace tres años y pico abandonara Twitter y me fugara a Mastodon. Allí, en la tierra de la libertad, no he conseguido conectar con demasiada gente. Supongo que el problema soy yo, ya no sé quien soy y ya no sé expresarme digitalmente. He perdido la mano escribiendo. Con lo que yo he sido, con lo que yo he escrito. De hecho es que mi bio ya no me representa: “A los 12 años me comí una ensalada de rúcula con parmesano y conté la experiencia en mi blog”. Escribir sobre ensaladas con parmesano era parte de mi, pero creo que ahora no podría hacerlo. Echo de menos escribir pero me parece que todo lo que escribo es basura. He perdido el norte, no sé bien si lo que escribo es interesante, potable o mínimamente gracioso. Desconstruirse era esto. Estoy haciendo un esfuerzo, eso sí. Hasta estoy escribiendo comedia, practicando gracias a los cursos de escritura de La Llama School (contenido no patrocinado) porque estoy desesperado y no sé qué hacer para lanzarme a escribir como lo hacía durante el instituto en mi pequeño blog de Blogger. Tiempos más sencillos. Tenía un montón de tiempo libre cuando mi sustento recaía en mis padres y no sobre mis hombros. Metafóricamente hablando, mis hombros son un templo y no se tocan. En estos tiempos de contenido rápido, de reels, egos, de brainrot content, hay algunos locos, peregrinos del slow content que queremos escribir y que nos lean mientras hacemos como que no nos importa que nos lean pero mirando las estadísticas de la web cada 5 minutos viendo si crecen los lectores y preguntándonos “¿porque tanta gente nos lee desde el Sudeste Asiático?, ¿es que acaso hay un club de fans de Carlos ahí?, ¿será un CDN? bueno son visitas y también cuentan para las estadísticas, anda mira también hay un club de fans en el sur de Rusia”. Mi problema es que he perdido la razón de ser y escribir. No sé ya porqué lo hago o porqué quiero hacerlo. Estaba pensando en hacerme un Substack pero es evil corp también así que no puedo éticamente usar la herramienta y mi wordpress no tira, (el pobre no tira, es como un abogado alcohólico que no da una), y he encontrado esto en un post de Reddit que no era directamente porno porque en Reddit solo hay porno, hombres blancos oliendo a smegma y entrenamiento de IA. Así que aquí estamos. Un nuevo espacio, un ¿nuevo yo? No lo se. Pero me he acordado de la bio que tenía en Twitter (y Mastodon) y he pensado que quizás ya no refleja quien soy. Hace 22 años (quizás 20) estaba de viaje con mis padres en Barcelona (puede que fuesen 21 ahora que lo pienso) y en la playa fuimos a un restaurante a cenar (definitivamente fue hace 20 los porque estaba en primero de la ESO) y me pedí una ensalada de Rúcula con parmesano. Lo pedí por la curiosidad de ver qué era aquello de rúcula y eso otro de parmesano, y porque me encanta el queso, a quién pretendo engañar. Cuando llegó aquel montón de césped con queso con pinta de madera lijada no me eché atrás por “I ain’t no chicken”. Me la comí y tras el último bocado recuerdo tener una revelación y decidí que debía, desde aquel momento, ser una persona insufrible. Descubrí la capacidad que se puede tener probando cosas a priori desagradables y encontrando la manera de reprogramarte para que te gusten, luego escribir sobre ello y hacerte el maquina con tus amigos pidiendo a gritos una sesión interminable de bullying… aquella ensalada lo había cambiado todo. Me dediqué mi adolescencia a escribir sobre películas de Woody Allen, Lars von Trier o Terrence Malick. Escuchando britpop y música de los 60-70. Buscando vintages para comprar camisas de flanela. Amigos míos, me hice un hipster cuando se les llamaba gafapasta y me lo creí tanto que me compré gafas de pasta. Negras. Con catorce años. La puta ensalada cambió mi manera de ver el mundo. Cambio mi vida. Y yo lo escribí en mi blog. Ahora sigo probando cosas. Sigo siendo insufrible. Veo películas de Yorgos Lanthimos pero dejo una review en Letterboxd y lo dejo estar. Escucho un grupo nuevo, me gusta, lo comparto en una story. No, ese no es el camino amigos. Hay que dar la turra. Hay que volver a escribir sobre absolutamente cualquier tema. Hemos de volver a escribir blogs personales, ser pedantes, llenar la web de reviews de 3000 palabras sobre la última película indie del momento y hablar de absolutamente cualquier cosa que nos pasa pero con el don de la escritura. No al video, no al podcast, no al contenido ultraprocesado. Si al blog, si a los comentarios, si a la escritura. Si a escribir sobre una ensalada de rúcula con parmesano en tu blog.