He estado pasando lista en Valencia y en el pueblo. Cada vez que vuelvo tengo que hacerlo: quien está presente, quien está ausente, qué lugares cerraron y cuales se mantienen entre hostels y CBD shops. Pasé lista a amigos, familia, mascotas, calles, rincones y el campo, aquel lugar al que las raíces me mantienen unido en una relación tóxica en la que no estamos bien pero seguimos estando.
Es raro volver a los sitios que alguna vez me rodearon día a día y ver que ahora son ajenos o lejanos a pesar de pisar sus suelos y visitar sus entrañas en tiempo real. La calle por la que iba a trabajar es una calle más. La tienda de discos a la que iba cada viernes ahora huele diferente. La esquina en la que quedaba para salir de fiesta está llena de mensajes de “compro piso” y el graffiti que me gustaba ha desaparecido. ¿Alguna vez fueron parte de mi realidad? como esos amigos con los que me dejé de hablar cuando me mandaron un Whatsapp diciendo que la tierra era plana y las antenas del 5G te meten el cáncer yo he bloqueado esa familiaridad y la nostalgia es compleja y difícil de identificar ¿De donde cojones viene y porqué cojones está ahí?
Puede que sea esa familiaridad de pequeños detalles que hacían de un lugar tu hogar y solo descubres cuando estás in vivo o a mil kilómetros de distancia (y que da lugar a otra conversación sobre qué es un hogar), pero también por la fotografía de un sitio que muere y necesita actualizarse. Yo cuando visito un sitio guardo una instantánea del lugar (como probablemente cualquier persona humanamente humana) y al volver, tiempo después, esa fotografía muchas veces está desactualizada, es vieja, inservible como foto de reconocimiento del lugar, y entiendo que mi memoria ha quedado enlazada a un lugar que ya no existe. La nostalgia me destroza la mandíbula por dos sitios y soy el hazmerreír de internet durante una semana.
Algunos lugares se mantienen, siguen ahí, presentes, puede que la foto sea diferente pero al tomar una nueva instantánea veo que, aun con cambios, es reconocible. Su esencia es la misma, el aire es cálido, el ambientador es el mismo. Los sitios se sienten reconocibles, agradables, a nuestro lado. Me cuesta quitarme de la cabeza la sensación de nostalgia pero por lo menos sé donde estoy. El coche de Google Maps soy yo y el mapa es mi puta vida.
Vivir vidas y atravesar portales, encontrar gente y dejar amigos atrás, nuevos inicios y viejos cierres. Reencontrarse es una aventura. Es coger la memory card y buscar la partida guardada y cuando empiezas ya ni te sabes los controles. Que si equis era saltar pero ahora es disparar. Que si cuadrado era disparar y ahora es centrar. Así acabo haciendo el imbécil durante dos días sin saber de qué hablar con viejos amigos con los que no hablo casi nunca ni me mando memes regularmente y lo siento por ellos porque ni les interesa saber sobre lo bueno que es ir a yoga o lo bueno que es el último disco de King Gizzard o el último drama en internet pero hago ajustes y al final nos entendemos y hablamos de nuestras movidas y al final echamos un partido juntos y nos lo pasamos bien.
Volver a casa. Siempre es volver. Tu sitio está donde pagas impuestos y tus amigos son los amigos que haces en el camino. Siempre haciendo side quests y la misión principal ya la haré. Vivir en mil sitios y siempre volver a casa, como si las raíces crecieran contigo, como si me hubieran seguido hasta Bruselas. Las muestro, las enseño, me explico, no las dejo escondidas bajo la alfombra porque es imposible dejar de ser de donde se es. “You can take your boy out the hood. But you can't take the hood out the homie”.
Aun con la nostalgia, con la melancolía, una sensación que a veces es dolorosa y a veces agridulce, sé que lo que estoy viviendo quedará también como una foto congelada en el tiempo y que la próxima vez que vuelva tendré que desempolvarla y sacarla de la caja y decir “joder, esta foto también es vieja”. La esperanza es saber que yo mismo siga estando y que pueda decirlo y compartirlo, sabiendo que la foto la próxima vez estará incompleta y puede que sea un bar, una esquina o una amistad muy lejana y desearé que no sea nadie y que sigamos estando todos ya sea juntos y revueltos o separados y aislados. Me da igual que seamos agua y aceite bro, quiero que estemos todos al menos.
Las fotografías se actualizan, las guardo en el álbum hasta la próxima vez que nos veamos que seguramente sea en unos meses. Nos diremos eso de que nos llamaremos y haremos una videollamada pero nuestras vidas son complicadas y nuestro tiempo libre un espacio liminal entre noche en vela y noche en vela después de ir a trabajar. Pero nos volveremos a ver y nos pondremos al día y recordaremos fotos viejas. Y volver a casa, una vez más, entre sabores agridulces y movidas que te echan para atrás se lleva mejor, y aunque al subirme al avión piense “a ver si llego pronto para jugar con mis gatos” una parte de mí se queda en tierra y una foto se viene conmigo.