Cagar viendo memes es una de esas cosas que echaré de menos después del apocalipsis
Después del apocalipsis no habrá podcast de mierda hechos por gente de mierda
Otro día que llueve y van nosecuantos. Llueve como si la tierra estuviese de resaca y necesitase una ducha fría de cuarenta y cinco días para llegar a la comida familiar del domingo. Se puso de cerveza de importación, mojitos y tequila hasta el culo y ahora necesita serenarse y vomitar todo lo que lleva encima para poder estar presentable. Llueve aquí, en España, en Francia y en toda europa. Parecido a aquel cuarto de la ESO que estuvo nublado tres meses.
Dicen que las inusuales tormentas de este año son una advertencia más de la tierra, que nos saluda, nos da la mano, nos mira a los ojos y nos dice “habéis jugado con fuego, la habitación está en llamas y estáis en una esquina jugando a Pokemon sin mirar a vuestro alrededor”. La hemos cagado. El escapismo, la acumulación de poder y el fascismo es la solución de los poderosos, y la resignación, el derrotismo y las bezodiacepinas el camino a la aceptación del común. Cuando llegue el apocalipsis me pillará cagando seguro.
Cagar es una de esas cosas que echaré de menos después del apocalipsis. Son diez minutos de mi para mi mismo. Miro el movil, leo un libro, jugo al Mario Kart. Es una pausa del mundo. Nada malo puede pasar mientras estás sentado en la taza del wáter salvo si eres un adicto a la heroína. Para rizar el rizo, se puede ir más allá y cagar dos veces en el trabajo. Seguro que Marx escribió sobre ello. El derecho de los trabajadores a cagar en paz. Cagar alrededor de quince minutos dos o tres veces durante la jornada laboral. Lujo lujo. Lo echaré de menos.
Por otro lado trabajar no lo echaré de menos. “So, what’s your take?”: No confío en la gente de mi empresa a la que le gusta trabajar. Es una red flag. Que el trabajo de oficina sea tu vida, producir para otros sea una necesidad como si hubiera una manera de envidiar a la hormiga que vive subyugada a un hormiguero y una implacable reina que no dudará en prescindir de unas miles de ellas para continuar con el status quo. No confío en ningún compañero de trabajo que no fantasea con vivir en una granja, ser carpintero o vivir construyendo una sociedad más fuerte, unida, empática, cooperativista y comunal. Vivir para las artes, mercadear con bienes tangibles y no números imaginarios que ya nadie recuerda para qué sirven, como funcionan o si de verdad tienen un significado en el mundo real.
“Cosas que no echaré de menos después del apocalipsis” mi nuevo podcast, próximamente en Podimo, Apple Music y Spotify. La manosfera (ese término que describe el conjunto de podcasts, canales de YouTube y foros en internet hechos por y para hombres hetero que piensan que son parte de una manada designada a liderar el mundo y condenada a ser lobos beta presa de su propia inexcusable naturaleza) se ha encargado de desprestigiar el podcast hasta que se ha convertido casi en un dogwhistle para mujeres, minorías y personas de izquierdas. Se pasan el día lamentando los buenos días en el que los hombres tenían pelotas gordas, duras, negras y peludas, se libraban guerras romantizadas como un joven Hemingway con dos pacharanes de más después de una tarde taurina. También intentando convencernos de que las mujeres están en un complot con rojos, judíos y élites para negarles su derecho al sexo y a tener una vida como la de nuestros abuelos donde él es el cabeza de familia y ella está sumisa porque no puede ni tener una cuenta corriente propia sin que su padre o su marido firmen en su lugar. Los podcasts de machos no los echaré de menos.
Quiero pensar que somos capaces y que en algún momento este delirio colectivo en el que nos hemos embarcado será recordado como un sueño febril, que en realidad todos acudimos un día a Naciones Unidas y acordamos entre todos hacer algo al respecto, que el interés común estaba por encima de intereses individuales. Como en Arrival, aquella película de ciencia ficción de hace unos años. Que al final de alguna manera somos insectos sobreviviendo unidos frente a un mal mayor, tan grande, amenazante e imparable que nos aterroriza y convence de que es o todos o ninguno. Quiero que alguien me toque un hombro de espaldas y me diga “todo saldrá bien”. Pero sé que es complicado y sé que el futuro ya está aquí y que el tiempo se acaba. Y si tengo hijos quiero decirles que cuando había que salir a la calle yo salí a la calle, que se luchó y se hizo todo lo posible, todo lo que había o se podía hacer.
En este momento, lo que me rodea, lo que huelo, lo que siento es esa sensación agria de impotencia. De no hacer nada pero hay una forma de hacer algo. De que hay un punto que se nos pasa por alto, una clave para evitar que las previsiones que se cumplan sean siempre las más pesimistas. Y sin embargo no puedo dar con ella, cómo cojones voy a dar con ella desde aquí con mi limitado conocimiento y mi limitada energía. Pero aun en mi limitada capacidad confío en la humanidad, porque el derrotismo es anti-ecologista y al menos puedo hacer lo mínimo y esperar que personas más preparadas e inteligentes, esas que van a conferencias y trabajan en la sombra, infrafinanciados y dedicando su vida a arreglar el estropicio que hemos creado nos salven la papeleta. La confianza en que hay un futuro para las generaciones venideras y que, a lo mejor, dentro de unos años, alguien lea esto, en un baño, entre memes de monetes y memes de gatetes.