Ensalada de rúcula

El último día de Boumba en la tierra

Un gato deja de pedir comida a las cinco de la mañana

El último día de Boumba en la tierra
Carlos

Un gato anciano con fallo renal deja de pedirte comida a las cinco de la mañana y sin saberlo tienes que despedirte. Decir adiós cuando no sabes que tienes que decir adiós. Despedirte sin estar preparado para despedirte. El trauma de perder a alguien que no sabías que adorabas tanto. El último día de Boumba en la tierra me levanté a las seis y media de la mañana para ver como se encontraba. Llevaba dos días muy enfermo, la pancreatitis le hacía mella a sus quince años y nosotros no sabíamos qué hacer para que comiera regularmente y dejara de perder peso.

Después de llamadas, visitas de veterinarios y un ingreso de urgencia, tuvimos que despedirnos de él, de aquel gato que nos había elegido tan solo unos meses antes y con el que nuestra vida se había hecho más difícil pero más completa. Aquel quiste en su vientre no era un quiste sino un cáncer pancreático que lo había devorado en cuestión de semanas. Yo, acostumbrado a las despedidas de compañeros de cuatro patas, estaba allí, con el Ebro cayendo por mis mejillas y con un roto dentro de mi que no sabía como iba a gestionar. Allí, con Liv y Eli, la cuidadora que lo encontró y cuidó durante más de año y medio en el refugio, le dimos sus últimos mimos, sus últimas caricias, los últimos besos y arrumacos entre lágrimas, preguntas, dudas, culpa y algo de rabia. Pero sé que a Boumba le daba igual. Él, asustado pero cariñoso, como siempre, no se separó de nosotros y estuvo ronroneando hasta el último momento. Cuando se fue nos abrazamos, nos despedimos y arreglamos el papeleo antes de dar un paseo a casa.

Durante los siguientes días hemos estado reflexionando y aceptando el duelo. Primero la vergüenza de las emociones. Sentirse así por un gato. Llorar más por él que has conocido durante unos meses que por amigos o familiares que has conocido durante décadas. Luego por la culpa. No haberlo visto venir, no haberle hecho sus últimos días más amables, no haberle dado de comer lo que quería y haber dejado de darle medicación. Innecesario tratamiento para una enfermedad que no tenía. Mi pobre Bambino tuvo que soportar que le diéramos la medicación para la pancreatitis que no tenía horas antes de dormirlo. Le habría dado salmón en lata con extra de aceite de salmón. Habría pasado horas con él. No le habría dado por hecho.

Por otro lado, las dudas. ¿Desde cuando tenía este cáncer? o ¿Desde cuando podríamos haberlo sabido? ¿Porque nadie nos dijo nada? ¿Porque no nos dejaron tener una despedida? ¿Estuvo sufriendo mucho tiempo?

También por la rabia. Que nuestra veterinaria lo supiera y no nos lo comunicara claramente. No nos dijera “a este gato le quedan dos semanas de vida” cuando lo llevamos y lo único que nos dijo fue “sus análisis son preocupantes” y aun tuvimos que cancelar una cita que nos había dado para controlar su evolución para el día desupués de que muriera.

Y luego por el vacío. Nuestra casa estaba invadida por las necesidades de un gato anciano con fallo renal. Teníamos seis areneros, cuatro fuentes de agua, comedero electrónico para Leela, nuestra otra compañera gatuna, y una cantidad de manchas de pis alrededor de la entrada que aun estamos intentando limpiar. Boumba era un gato difícil de cuidar, pero era tan dulce, cariñoso, amable, tierno y dulce que era imposible no hacerlo. Ya no hay que darle medicación cada mañana, controlar que coma lo que necesita, que tenga agua en todos los bebederos y que pese entre cuatro kilos y medio y cinco kilos.

Quizás es que ahora que no está nuestro propósito se ha disipado. Leela es un gato de tan bajo mantenimiento… Mantenerla con vida y contenta nos lleva apenas una fracción de lo que Boumba necesitaba. Quizás es que ocupaba una gran parte de nuestro día y ahora nuestro día y nuestra rutina que habíamos modificado para tener a Boumba están más vacíos que de costumbre.

Quizás es que fue muy repentino. En un día pasamos de llamar para que le trataran una pancreatitis a tener que discutir qué hacer con sus cenizas. En menos de doce horas pasamos de estar preocupados a estar completamente destrozados. Solo podemos pensar que, sabiendo que no teníamos más tiempo con él, de haberlo sabido habríamos hecho más arreglos y nos habríamos preparado mejor para la hostia, podríamos haberla visto venir y decidir cómo afrontarla. En lugar de eso, tenemos un traumatismo doble que tardará en sanar.

Quizás es que no se nos dan bien las despedidas. O decir adiós. O aceptar que el universo le dio una oportunidad a un gato anciano que había sufrido abandono, calle, malnutrición y abuso físico durante quince años para atropellarlo tan solo cinco meses después. Que la vida es muy cabrona, yo que sé.

Hace unas semanas escribía sobre él y lo complicado que era cuidarlo y hoy escribo sobre cómo ha tenido que dejarnos porque estoy bloqueado y no voy a escribir de otra cosa. Que el otro día Liv traía el collar con cascabel por las escaleras y una parte de mi estúpida cabeza esperaba encontrarlo llegando al salón de una de sus excursiones al sótano para mearse dios sabe donde. Y al ver a Liv con el collar en la mano se me escaparon unas lágrimas porque ya no está y es irremplazable y yo me quedo sin gato, sin compañero y con el trauma y la papeleta de tener que justificar que llore a moco tendido por un gato en el baño de la oficina. “Es que esto no me había pasado antes, no lo entiendo”. Bueno era casi como una de esas amistades de campamento de verano o Erasmus a las que juras ver toda la vida y luego te distancias y no te importa una mierda, pero este puto gato está dentro de mi y lo voy a llevar conmigo a todas partes. Y ese es el baremo que uso para querer y cuidar un animal, y entiendo a los padres que no quieren tener perros y a las familias que solo tienen una mascota y cuando muere no quieren tener otra en seguida, porque son parte de la familia y a una madre no le pedirías que se quede embarazada meses después de enterrar a su hijo.

¿Y ahora qué? Yo que sé. Supongo que despedirnos de él cada día hasta que el abrazo sea tres segundos demasiado largo y veamos fotos de él y en lugar de llorar digamos “Aquí Boumba estaba jugando por primera vez en dos años“ o “En este video Boumba pide de comer en 5 idiomas diferentes“ o “¿te acuerdas cuando se follaba la manta? Peak Boumba behavior”. Y nos reiremos y pensaremos que al menos no sufrió, que al menos vivió querido, amado y acompañado los últimos años de su vida, tanto con nosotros como en el refugio. Tuvo su retiro dorado y pudo tomar el sol y comer lo que quería. Y miraremos al radiador esperando verle y no estrará pero sonreiremos en lugar de llorar porque el recuerdo será amable y no dolerá como levantarte un martes a las tres de la mañana a ponerle de comer a un gato anciano con fallo renal.

Suscríbete para que te llegue una ensalada de rúcula cada domingo a tu bandeja de entrada

Carlos

Suscríbete a Carlos para reaccionar

Suscribirse

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!

Suscríbete a Ensalada de rúcula para recibir actualizaciones directamente en tu correo