Historias tras el cristal
Obviar nuestro reflejo cuando miramos a través de la ventana
El primer día que vi a Leo hice como que no le vi. Era uno de muchos. En cada ciudad, en cada pueblo, alrededor de supermercados, cajeros automáticos y restaurantes de comida rápida. Sitios donde pasa mucha gente. Donde pasan días enteros mirando a cada persona que pasa intentando hacer contacto visual por si hubiera suerte. Un ejército de mala suerte en la vida.
Leo siempre está cerca de nuestra oficina. Es joven, tiene piel morena y una barba pronunciada. Cuando le vi por primera vez iba de camino a mi clase de neerlandés y mientras me alejaba camino del metro escudándome en que no llevaba nada suelto él me pidió comida. Un sandwich, fruta, patatas fritas, lo que fuera… pero yo le hice un gesto acercándome la mano al corazón para pedir perdón y seguí mi camino. Era una de muchas. “Llego tarde, qué voy a hacer…” como si tuviese que convencer al receptor de moralidad de alguno de los lóbulos de mi cerebro para que la culpa me dejase de carcomer.
La segunda vez que vi a Leo fue después de una cita Tinder que no fue mal pero que no volví a ver. La acompañé a su casa y en el camino de vuelta pasé por la puerta de mi oficina y allí estaba. Volvió a pedirme de comer y, quizás por la culpa del primer encuentro unos días atrás, me acerqué al único restaurante de comida rápida que había cerca y le compré algo. Me dio las gracias y yo seguí mi camino. La semana siguiente comencé a sacarle comida regularmente de nuestra cantina.
Unas fiestas de Moros y Cristianos de esas en las que estábamos todos, dos chicos subsaharianos se presentaron el primer día en casa a la hora de comer para vendernos llaveros, relojes y esas antiguas calculadoras que cambiaban entre pesetas y euros. Mi madre les explicó como pudo que no queríamos nada y les preguntó si ellos necesitaban algo. Pidieron un vaso de agua y diez minutos más tarde estaban sentados a la mesa para comer con nosotros.
Esa fue la primera vez que veía a mis padres ayudar a alguien. Recuerdo que esas fiestas vinieron varias veces a comer y nos contaron historias sobre cómo cruzaron un interminable desierto para llegar a España, de cómo dejaron todo tras de ellos, lo mucho que costaba vivir así y de cómo echaban de menos su hogar. El último día se fueron para nunca volver. Aun encontramos de vez en cuando las calculadoras que nos dieron en agradecimiento.
Al lado de la casa de mi abuela en Valencia hay una iglesia. Enfrente de esa iglesia hay un Mercadona y un bazar. En la misma acera de la iglesa también había una caja de ahorros que ahora debe ser una tienda de CBD o souvenirs. En ese punto de la calle siempre se colocaba Jack. Era americano, tenía el pelo largo y rubio, gafas y siempre vestía camisas de flanela. Jack no tenía mucho más que la compañía de sus libros y su perro. Ese viejo chucho no se despegaba de su lado y él siempre estaba leyendo o hablando con vecinos. Jack era querido por todos. Los vecinos se turnaban para dejarle que se duchara en sus casas, la iglesia le ofrecía comida y alojamiento algunas noches durante la semana y mi abuela le daba algo de dinero y comida. Todos le tenían un gran aprecio.
Un día Jack tuvo la oportunidad de volver a Estados Unidos. Los vecinos y feligreses habían juntado dinero para pagarle el vuelo de vuelta. Cuando Jack pidió información sobre como volar con su compañero le dijeron que el vuelo solo le cubría a él y que su perro debería quedarse en España. Y Jack, que había pasado años con aquel animal en aquella acera tantos años, que habría compartido tantas historias, lluvias y días soleados, no pudo irse y decidió quedarse hasta que aquel animal le dejase. Me mudé hace muchos años y aun recuerdo ver a Jack cuando llevaba el último viaje esa última mañana con mis cosas en la furgoneta.
Historias incompletas, retratos a medio hacer. Historias vividas en la calle, historias que piden comida a extraños y en las que la mala suerte es el día a día. Sus problemas están al margen de lo imaginable. La empatía y la bondad, sus únicos aliados. El odio y la indiferencia, al otro lado del río.
Una parte de mi querría saber la historia completa, entender qué pasó antes y qué esperanzas hay para más tarde, sin embargo tardé meses en preguntar a Leo su nombre y cuando me pidió que fuera a un cajero a sacarle algo de dinero el verano pasado le dije que era demasiado. Después de aquello desapareció durante un par de meses.
Siempre pensamos que somos mejores de lo que nuestros propios actos nos muestran en el espejo. De hecho, simplemente tener la capacidad de pensar y reflexionar sobre esto es un ejercicio de privilegio inmenso. Problemas de ricos del primer mundo. Cómo arreglar el mundo mirándolo a través de la lente más miope que existe. Como un ejercicio de mirar a través de la ventana sin ver más allá de nuestro propio reflejo. La realidad a través de nuestra propia visión de nosotros mismos. Encajar la realidad que viven otros en nuestra propia realidad para no tener que luchar con la posibilidad de que seamos parte del problema y sentirnos mejor pensando que el mundo es así y nosotros somos como todo el mundo.
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