Ensalada de rúcula

Las vidas difuminadas de mis mejores amigos

Cuando vives dos vidas una amistad es un espejo roto de nosotros mismos

Las vidas difuminadas de mis mejores amigos
Carlos

Otro cumpleaños que se me pasa. Otro mensaje pidiendo perdón haciendo un chiste para aliviar el olvido. Una conversación rápida y una promesa de hablar más, mandarnos más mensajes, estar más presentes y ser más constantes el uno con el otro. Otro evento más, desde la distancia, la rutina de un extraño y una indiferencia mutua que va creciendo sin que nos demos cuenta. Ya no sé ni cuantos van, total, un torpe mensaje tampoco va a cambiar el mundo si no estoy allí y su vida pasa sin hacer acto de presencia con menos importancia cada día, como si toda la agenda de contactos de esa vida pasada estuviese herida de muerte, desangrándose poco a poco como un ciervo a punto de ser cazado.

Cultura del “ponerse al día” y amistades que emergen de entre las oscuras aguas color ultramar perdiendo la profundidad que un día tuvieron y que nos unieron para un “para siempre” que ya ha pasado. Nuevas amistades a años luz de descubrir todos los rincones oscuros de mi mismo, esos rincones que un día enseñé a tanta gente que ya no está a mi alrededor a diario y sin los que no sería yo. “Antes todo esto eran un incel sin amigos” diría si es que en algún momento no hubiera tenido amigos.

Siempre acompañado. Siempre con amigos. Aun con altibajos, movidas, discusiones, amistades que vienen, que van, circunstanciales, revueltas o tóxicas. Rodeado de gente en una fiesta con una cerveza en una mano y un chiste en la punta de la lengua. Aquí en Bruselas me dicen que es raro, pero es normal de donde vengo. Y yo soy de donde vengo y de donde vengo me estoy perdiendo cosas.

Lo de las dos vidas otro día más. Lo de estar en muchos sitios y parece que no estoy en ningún sitio. Y a lo mejor cada viaje a España vengo con morriña y necesito explotar. A lo mejor es un símbolo de que hay que volver como todos aquellos represaliados que volvieron a finales de los setenta. A lo mejor Bruselas me está desgastando y su cultura de amistades temporales y su falta de estabilidad ha hecho mella en mi con esos amigos dejándome siempre a contrapié cuando empezamos a conocernos, aprendernos los cumpleaños y haciendo planes para ir de viaje juntos a Amsterdam. Una ciudad tan transaccional, tan centrada en la escalera laboral y los intereses profesionales no debería ser un buen sitio para quedarse por mucho tiempo y, sin embargo, mi trabajo está aquí, mi pareja está aquí y mi futuro inmediato está aquí.

No volver significa perderme la vida de mis amigos. Cada vez más extraños, lejanos, como una conversación por teléfono entrecortada en la que al final no te enteras de nada. Qué hacen, con quién salen, la edad de sus hijos, cuando salen de cuentas, cuando cambian de trabajo, de pareja o de casa. Soy un epígrafe. Un asterisco cuando me mencionan y cuentan una historia en la que dije algo gracioso. Miras en la nota del traductor y solo pone “Véase amistades pasadas”.

Perdido en vidas pasadas, actualizado en vidas de personas que ya no son, intentando llegar a comprender cómo estamos con la última conversación como si esa persona siguiera allí. Pero no está. Se ha difuminado, esa persona que era tan cercana a ti está pensando en tener hijos y tú solo te acuerdas de sujetarle el pelo mientras vomitaba detrás del altavoz de una discoteca. La vida continua, no está en pausa para ti. La vida no espera y los fantasmas no llaman a la puerta. La vida te pasa por encima y ya no sabes ni donde estabas. La vida de los otros es un espejismo mañana y ahora ve a contarle a tu terapeuta que los fantasmas de tus amigos se te aparecen para recordarte que no estás en ningún sitio ni eres parte de ninguna historia.

Te recordarán como haciendo scroll en la biblioteca de fotos de hace años. Mirarán la foto, se reirán y pensarán en qué es de ti que hace mil que no hablamos. Que luego te enviarán un mensaje. Pero hay que hacer la colada. Cocinar para mañana llevarte la comida al curro. Estudiar para las oposiciones. Salir a dar una vuelta con el chiquillo. Comer con tus padres. La vida es una lista de tareas en la que no puedes completar nada.

Me veo a mi mismo reflejado en un espejo y no entiendo qué estoy viendo. Me difumino ante mi mismo. Mis amistades de toda la vida me anclaban a la realidad, esa vida compartida en la que íbamos de la mano espiritualmente y que abandoné para mudarme a una ciudad extraña que tanto me ha dado y tanto me ha quitado. Quizás me haya dado una familia y quizás me haya quitado otra. Mis amistades aquí son como un jardín que no termina de crecer porque el invierno es duro y solo las plantas que de verdad quieren florecer en el huerto consiguen hacerlo. La mayoría mueren nada más plantarlas, ni siquiera llegan a germinar, y las más dolorosas mueren a punto de florecer, cuando ya contabas con pasar la primavera admirando su flor.

En el pasado, el huerto en el que tanto trabajé y que dejé bien trabajado y labrado pensando que duraría con un par de visitas al año. Allí está, muchas plantas todavía siguen en pie, fuertes y constantes, las que solo necesitan unas gotas de agua para sobrevivir, les encanta estar plantadas allí, y no me tienen en cuenta el abandono. No sé cuanto tiempo pueden aguantar así pero espero que yo esté en sus huertos y espero que, como yo, sepan aguantar con las cuatro gotas de agua cada tres meses.

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Carlos

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