Quiero ser un artista terrible
Un mes agotador, un cumpleaños más y una caja de rotuladores menos
Un mes sin descanso. Un mes como un monstruo que confundiéndote con un chicle te engulle, te mastica y de devuelve envuelto en babas y a medio masticar. Ya sin saber a nada, sin esencia, sin nada más que ofrecer. Llegué a Junio la semana pasada con la sensación de haber pasado dos años en Mayo. Entre diez días en España, el orgullo, construir muebles, cumpleaños y autoexigencia ya no sé ni en qué año vivo. El covid fue ayer y cumplí años hace un par de horas.
Decía Don Draper que con veintiséis años a uno dejan de importarle sus cumpleaños. Como si cumplir años fuese algo que se les enseña a los niños para que aprendan el ciclo vital de nuestro planeta. La vuelta a la gran esfera blanca del cielo que nos recuerda que seguimos aquí. Mírame hijo: la vida es dura, el capitalismo salvaje campa a sus anchas, el tiempo se acaba, aquí tienes tu bolsa de golosinas.
Cumplir años desde el cinismo es una mierda. Hacer como que no pasa nada es una mierda. Es dos mil veintiséis, la inteligencia artificial está a punto de robarte el trabajo que no sabías que necesitabas, no creo que haga falta muchas más razones para celebrar que estamos vivos un año más. Como el fin de año: se celebra, se recuerda y se brinda por estar aquí el año que viene. Y si es con fresas de gominola, mejor.
Los cumpleaños que no recuerdas. Los cumpleaños que lloras cuando te cantan cumpleaños feliz. Los cumpleaños a los que juegas al escondite. Los cumpleaños en los que no quieres que tus padres estén presentes. Los cumpleaños en un bar. Los cumpleaños que son cenas. Los cumpleaños que son comidas. Los cumpleaños que lloras cuando te cantan cumpleaños feliz. Los cumpleaños que puede que olvides inmediatamente.
En mi viaje a España me han preguntado si estaba bien. Amigos, alertados tras leer esta newsletter, han acudido a mí a preguntarme si es que voy a saltar desde un quinto o cortarme las venas. Que si estoy bien, que si todo va bien, que guiñe el ojo tres veces si sufro algún tipo de maltrato. ¿Está bien alguien hoy en día? En cualquier caso, estoy bien, en términos generales no me puedo quejar y tengo que levantar el pie del acelerador en la melancolía, la nostalgia y los textos que parecen una llamada de auxilio encubierta en un newsletter que me cuesta escribir demasiado estas últimas semanas.
Los mas cercanos saben que llevo años luchando con una ansiedad clínica (ansiedad DOP: denominación de origen protegida) en la que hay épocas mejores y peores. Como decía la hierbas la vida está llena de épocas en las que estás más plof y épocas más iuuiuiuu. Pues así: va y viene, mejor y peor, partido a partido. Pero estoy bien. Me he olvidado de muchos de vosotros estos últimos meses y os pido perdón pero comprensión y si no lo comprendéis podéis escribir una nota con todo lo que tengáis que decirme y leerla en voz alta. No cambiará el hecho de que me he olvidado de vosotros pero os sentiréis mejor.
Tengo muchas cosas a medias. Mi capacidad de atención es limitada y eso hace que tenga demasiados hobbies, muchas inquietudes y muchas ganas de hacer muchas cosas. Mi próxima meta es dejar mi trabajo y convertirme en artista. De lo que sea. Pienso en los cursos para aprender a usar inteligencia artificial que nos están metiendo con calzador en la empresa en la que trabajo y quiero llorar. Ayudo a chavales a convertirse en ingenieros y veo como usan ChatGPT para absolutamente todo y me dan ganas de tirarme desde un quinto piso o cortarme las venas. Ingenieros con capacidad de trabajo atada a los tokens disponibles en su cuenta de OpenAI.
Vivimos en un punto de rotura societaria y a nadie parece importarle. Una sociedad que no sabe buscar en Google porque Google nos ha dicho que dejemos de razonar, de pensar y usar nuestras propias herramientas. El capitalismo salvaje despojándonos de capacidad de atención, una vida alejada de internet y ahora del internet como herramienta. Apuéstate en Polymarket cuando dejaremos de tener agua potable porque Sam Altman necesita un piso extra en el chalet paridísiaco de la isla tropical que se compró con los beneficios de los tokens que tú has usado para crear una ilustración de tu perro hecha por Haya Miyazaki. Solo dios sabe qué estará haciendo para no intentar parar un Ouigo dirección Madrid-Valencia con la cabeza.
En este clima de desesperanza tecnológica mi último refugio es ser terrible en un montón de disciplinas artísticas. Pintura, dibujo, cerámica, diseño gráfico, escultura, carpintería… soy terrible en todas ellas. No hay nada más puro que intentar dibujar un perro y que anatómicamente sea un caballo con algún tipo de diversidad funcional grave. Pero ser terrible en cualquier disciplina artística es increíblemente más humano que ser eternamente mediocre generando copias de copias de copias usando inteligencia artificial. Ser terrible pintando no elimina el proceso, el fondo, el mensaje, la intención y la emoción que un artista ha utilizado para producir arte. El alma, ese vacío tan fácilmente identificable en la generación por IA, es justamente lo que hace que el arte sea arte. Y el proceso, mejorar como artista, técnica y conceptualmente, es la recompensa de producir arte. Sigue así, sigue intentándolo, ser terrible es parte del proceso.
Y no se, seguro que quería hablar de algo más y haber cerrado este texto de una manera mucho mejor pero no se me ocurre nada más. Ahora mismo lo único que quiero es dibujar, diseñar pósters sin saber diseñar pósters y pintar cerámica como un niño de cinco años. Y mi recomendación es que hagáis lo mismo.
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