Reventar el móvil contra el suelo
Crear y ser en la época del algoritmo y las redes sociales dictando sentencia
Tengo la sensación de no ser yo. Vivir una vida plagada de decisiones de otros, fotos tomadas por otros, películas vistas por otros, música escuchada por otros y una personalidad formada a base de decisiones tomadas por otras personas. Un espejo de la sociedad que se asoma a través de las diversas pantallas que me rodean, influyendo en cada decisión que tomo y que cada día son menos mías y más de una serie de algoritmos que desde la oscuridad envuelven la información que consumo y que tengo disponible. Instagram decidiendo si me apunto a CrossFit o a un club de lectura de ciencia ficción.
Quiero dejarlo. Cerrar la aplicación, limitar su uso, perderme en el mundo real que tanto nos han ocultado influencers, amigos y conocidos a través de stories, publicaciones y TikToks de sus vacaciones, sus citas y sus “mejores sitios para un sábado diferente”. Una vida aspiracional. Una vida hecha por otros, tejida por las recomendaciones repetitivas y vacías de quienes buscan colaboraciones fáciles, dinero rápido o un nombre que sea repetido durante un rato hasta que sea cancelado por exigir irse sin pagar del garito de smash burgers de moda. Ya es antiguo, que pasen los baos. Ya son antiguos, que pasen las tartas de queso. Ya es antiguo, que pase el bar de toda la vida regentado por cuatro cayetanos que cobran gildas a 5 euros. Mañana será antiguo.
Últimamente estoy ahogado en mis propias dudas existenciales. ¿Cómo se supone que soy? ¿Qué idea es original? Los algoritmos, la masa crítica, el pensamiento colectivo de un zeitgeist perpetuamente presente me condicionan, me dictan a donde ir o qué hacer. El miedo a no hacer nada, a quedarse parado, a perdérselo, el FOMO de manual, las vacaciones en Instagram de personas a las que odio en secreto en parte por envidia en parte por mis propias inseguridades y falta de satisfacción vital me obligan a ser, vestir, decidir, votar, opinar o crear de una manera. La sociedad como algoritmo y yo como único usuario.
Crear desde el vacío, mi sueño. Las cavernas con algoritmo y un mamut con Adidas Gazelle. Mi vida laboral tirándome al suelo desde el taburete sobre el que intento volver a pintar. En mi cabeza, la inspiración tiene forma de feed de Pinterest o Facebook. Y si lo que creo no puedo enseñarlo a lo mejor no merece la pena ser creado. El algoritmo hasta en los sueños, el deseo de cualquier ejecutivo de silicon valley: internalizar primero el capitalismo y luego el algoritmo. Que decidan otros por mí, que me enseñen como quiero ser y como tengo que querer ser. Que me enseñen mis aspiraciones y mi sentido crítico. Que me pongan un embudo y me obliguen a tragarme treinta reviews de Letterboxd antes de ir al cine. Que me obliguen a escuchar los diez géneros más escuchado hoy en Spotify y luego me echen a la cara la mierda de música que escucho. ¿Oyes eso? Es el silencio de una alternativa viable y atractiva. Internet ha muerto, larga vida al algoritmo.
Me miro al espejo y veo a un esclavo. Veo mis fotos reveladas y solo veo oportunidades perdidas que alguien podría haber aprovechado, como si la creación artística tuviese que regirse por las leyes de otros. Esclavo de las opiniones de otros. Esclavo de los likes, los comentarios y la opinión del ente. Esclavo de una cámara oscura en la que no dejo que la oscuridad la cubra del todo. No dejarme llevar y pensar en qué será lo que otros vean, lean o piensen. El pecado del verdadero artista.
Abstinencia. Limitar el uso sin reventar el móvil contra el suelo. Volver a 1999 mentalmente cuando no había controles de seguridad en los aeropuertos y la profesión artística era aún más elitista y exclusiva que en la época actual. Como si todo pasado fuese mejor, me sumerjo en las posibilidades de haber vivido en otro tiempo. Uno con menos fachadas, donde las amistades son edificios completos, con cimientos estables, cemento de empatía y ladrillos de compartir momentos para nosotros y no para los demás. Donde de puertas hacia dentro es donde nos encontramos y no la excusa para mostrar al mundo.
Abstinencia dos. Irse de instagram. Desinstalar la aplicación, buscar formas más amables de compartir mi vida. Buscar amistades sinceras en sitios donde no haya tanto ruido. Un bar, una discoteca, un club de lectura, un curso de carpintería. Volver a buscar memes en foros y compartirlos por email. Conectar, volver a invitar a uno más y a sacar fotos para imprimírselas a tus amigos. Que haya un “bar de siempre”. Que haya una quedada semanal. Que seas de pueblo en medio de la ciudad. Que seas de barrio encima de la montaña.
Abstinencia tres. Reventar el móvil contra el suelo y no volver. Comprarse un móvil con lo justo: llamar, enviar SMSs y recuperar nuestra capacidad de atención ahora en manos de las grandes tecnológicas y decir adiós a todo lo demás. Revisar las prioridades diarias, a quién le das tu pausa para el café. Hablar con tus compañeros de trabajo o aprovechar y ojear un libro.
Echar leña a la pira de cultura que calienta el caldero con el que creo obras. Hacer fotos con una cámara de carrete, aunque salgan todas mal. Imprimir los billetes de vuelo desde el ordenador. Llevar un mapa y una agenda encima. Saberse los números de teléfono de tus amigos de memoria. Llamarles y preguntarles cómo están. Mandarles fotos mías, nuestras, postales graciosas y discos de música que encuentro por ahí. Dejar de consumir contenido en feed y consumir arte y cultura. Apoyar a todos los creadores de contenido que me gustan en Patreon o Nebula. Comprar fanzines, revistas independientes, libros de fotografía, arquitectura y cultura de segunda mano. Ir a la ópera. Ir a conciertos. Invitar a mis amigos a un picnic. Dejar la hiperconexión a un lado. Dormir con el móvil en la habitación de al lado. Dibujar mal. Pintar peor. Arreglar un plato roto. Construir una estantería en lugar de comprarla en IKEA. Preguntarle al cajero de la tienda de la esquina cómo está. Visita a mis vecinos. Hacer galletas y regalárselas por navidad.
Recuperar mi conexión con el entorno, con la sociedad. Crear conexiones reales y establecer nuevas redes comunales. Conectar con todos y conectar conmigo mismo. Crear desde mi experiencia personal. Crea sin preguntarme qué estoy creando. Y que no me guste, pero que sea real, que haya salido del vacío en el que me sumerjo.
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