Ensalada de rúcula

Una agenda de contactos llena de desconocidos.

"Y si aprovecha ahora la oferta de lanzamiento..."

Una agenda de contactos llena de desconocidos.
Carlos

“Club Foot” de Kasabian fue la primera canción que escuché en Spotify. Me instalé la app en el teléfono que había heredado de mi padre y fue como descubrir el fuego si los cavernícolas hubieran tenido una manera de pagar una suscripción mensual para tener hogueras instantáneas a su disposición. Así volví a escuchar música con mis auriculares después de que, tras muchos años llevándolo encima día a día, me olvidé mi iPod Classic en el vestuario de la universidad. Fue una pérdida dolorosa pero no tan dolorosa como entregar mi dinero mensualmente a las megacorporaciones que controlan el consumo de cultra pervirtiendo la libertad creativa del colectivo artístico.

Cuando heredé el teléfono de mi padre también heredé su número de teléfono, un hecho cargado de mucha más responsabilidad de la que yo podría esperar. Mi madre me dio varios discursos sobre lo importante que era mantener ese número de teléfono vivo como si mi padre solo recordase su propio número de teléfono en el más allá. Yo solo podía pensar en todas aquellas personas que no sabían que mi padre había fallecido y que aun mantenían mi ahora número de teléfono personal como “Maximo” en sus agendas. Literalmente llamar a un muerto por teléfono.

Me imaginaba a mi mismo dando la noticia a un montón de viejos amigos, amistades de la universidad, antiguos compañeros de piso, primos lejanos o alguna novia que de repente se había acordado de él al ver una película que fueron a ver juntos. Mi padre vivió varias vidas antes de volver a su pueblo con mi madre y vivir y criarnos ahí. Estuvo en universidades laborales, colegios mayores, pisos de estudiantes y otros tantos lugares. Era una persona querida y apreciada por muchos. Era un médico de pueblo que conocía a todo el mundo y todo el mundo le conocía a él. Así que cuando le dije a todos mis amigos y familiares que el número de mi padre era ahora el mío no dejaba de pensar en esas llamadas rezagadas preguntando por mi padre. Pero no llamó nadie.

A veces me paseo por mi agenda de contactos. Todavía guardo numeros con gente que ya no está en mi vida, que no sé de ellos y que deben de vivir su realidad como yo vivo la mía y que seguramente no piensan en mi de manera furtiva móvil en mano un sábado por la mañana antes de entrenar. Pienso en las últimas veces que nos dijimos algo. Reviso fotos, mensajes y me acuerdo de fiestas que vivimos juntos. Aquella fiesta en la casa de las griegas que vinieron de Erasmus. Aquella cita con la chica que era independentista valenciana y odiaba las fallas. Las noches de karaoke con Shafik en las que acabábamos intercambiando números de teléfono con extraños fumando en la puerta. Lo malo de los números de teléfono es que nunca los eliminas y nunca sabes quien hay al otro lado al cabo de un tiempo. Aviso a navegantes: nunca es la misma persona que te dio su número de teléfono.

La nostalgia es una piscina en la que no haces pie y nadar es mirar alrededor para darte cuenta de donde estás. Las olas no te permiten ver más allá de lo que pasa a tu alrededor, de la realidad en la que estás inmerso.

Pasan tantas cosas todos los días que ya no sé ni en qué punto de la caida del sistema tardo-capitalista estamos. Pasan tantas cosas que he empezado a disociar con que no pase nada. Un día de agosto en el que lo más interesante es que suben las temperaturas y esta noche será difícil dormir. Hace unos años esa noticia habría sido como anunciar que el sol saldrá mañana pero hoy en día solo nos recuerda el inevitable colapso medioambiental que se nos avecina. Lo que daría por estar en mi casa jugando al FIFA 2001 con mis amigos cuando tenía 8 años. Y comerme un bocadillo de chocolate Nestlè extrafino.

Disociar por disociar. No saber si es ansiedad crónica por mi situación laboral, personal o familiar o ansiedad crónica porque hay un tigre persiguiéndote todo el rato siendo el tigre el colapso de la sociedad moderna y todo el rato todo el jodido tiempo. Despertarse a las cinco de la mañana por que la ansiedad ha decidido despertarte y coger el móvil y ver un recuerdo de Facebook de hace 12 años cuando estabas en la universidad y el optimismo de tu generación era verde y progresista. El pesimismo es anti-ecologista, el colapso debe despertar la acción comunal no la desesperación individualista.

Propósitos de año nuevo: ir a terapia, separar la basura, hacer deporte, aprender a cocinar, beber más agua, comprar latas de comida, comer menos carne roja, comprar pilas y una radio, ir a un curso de carpintería, escribir más, viajar a la india, comprar agua embotellada, mantas y planos del ejército, llevar al día un diario, escribir una newsletter cada mañana, ir más al cine. Peer pressure e ir más al cine. Disfrutar de una película de la que no sabías absolutamente nada. Mirar las críticas online y ver que solo te ha gustado a ti. Odiar esa película.

Tener hijos en esta economía sin saber qué será de ellos. Tener hijos en esta economía. Tener hijos. Tener hijos sin saber qué será de ellos. Y aun así hacerlo, porque no hay razones para tener hijos. Me pasé años defendiendo que no quería tener hijos para planteármelo ahora sin más. Años afilando todas las razones por las que no quería tener hijos para que un día en terapia me preguntase “¿Quien soy?”. Una crisis de identidad. En esta economía. Tener hijos para que un día hereden mi número de teléfono y nadie de mi alrededor ahora mismo llame preguntando por mi.

Perder contacto con todas las personas que me rodean ahora mismo y en unos años deje de pensar en ellos y una noche de insomnio me ponga a mirar mi agenda de contactos y vea su número de teléfono y me pregunte qué ha sido de ellos. Que mi hija me despierte a las cuatro de la mañana porque ha tenido una pesadilla y mientras estoy con ella intentando que se quede dormida de nuevo siga pensando en esa amiga de Bruselas, de cuando, te acuerdas, vivía en Bruselas, qué tiempos. Y mi hija se duerme, y yo vuelvo a la cama pero no puedo dormir, son las cinco y media ya, a las sesis me levanto. Hago café y el desayuno. Después de dejar a mi hija en el colegio vuelvo a mirar el móvil y me acuerdo de esa amiga. Y a media mañana, con el café de las once, cojo el móvil y llamo. Y me responde alguien muy joven. Y me ha jodido el café y el resto de la tarde. Y pienso en mi padre y en todas las llamadas que no llegaron preguntando por él.

Suscríbete a "Ensalada de rúcula" para recibir actualizaciones directamente en tu correo

Carlos

Suscríbete a Carlos para reaccionar

Suscribirse
Suscríbete a Ensalada de rúcula para recibir actualizaciones directamente en tu correo