Ensalada de rúcula

Y el verano que llega pero ya no es lo mismo

El verano que me robaron cuando me robaron tres meses de aburrimiento

Y el verano que llega pero ya no es lo mismo
Carlos

El canto de las golondrinas sabe a sal. Cuando las escucho a las ocho de la tarde, a finales de mayo o principios de junio, sé que me han reconocido, que el año anterior ya me avisaron de la llegada del verano y este año, como es costumbre, lo han vuelto a hacer. “Hey Carlos, ve escogiendo tu nuevo helado favorito”.

En un par de semanas, y durante tres meses, no tendré nada que hacer. Soledad imperturbable en un campo cerca de un pueblo en la provincia de Alicante. Suficientemente lejos de la playa para que ir sea algo excepcional. Suficientemente cerca para que hacer un viaje a un destino de playa sea perder el tiempo. Durante tres meses estaré gobernado por el calor, la piscina, los helados comidos a escondidas, series de culto como “Xena: la princesa guerrera”, alguna visita espontánea de algún amigo y una interminable serie de construcciones con LEGO. Veranos en el campo y Amaral en la radio.

Mi cumpleaños es el quince de mayo, justo cuando las golondrinas llegan a nuestra tierra y se marchan en Septiembre cuando hemos de volver a clase. Las golondrinas ahuyentan el aburrimiento, nos regalan tres meses de nada para invocar una imaginación desbordante que años después echaré de menos. La capacidad para aburrirme, la promesa de un día más. Su canto, además, es un recuerdo de que todo sigue funcionando. Como el año pasado, como este año y como el año que viene. Cuando no estén, cuando no las oiga, entonces lloraré. Si el mundo sigue, las golondrinas cantarán a las ocho de la tarde una tarde de junio.

Anochece a las nueve y media. Los pantalones son cortos, muy cortos, demasiado cortos para alguien tan acomplejado. Hoy hay ensayo para el baile del festival de fin de curso. La chica que me gusta está pillada por otro pavo. Es gilipollas pero no lo saben ninguno de los dos. Demasiadas horas viendo cine europeo y la filmografía entera de Almodóvar antes de los doce años me han convertido en un gafapasta prematuro. Este año bailaremos una canción de David Civera otra vez y van tres años seguidos.

Cuando vuelvo a casa las escucho de nuevo cerca del campanario y pienso que son ellas las que tiñen el cielo de color naranja. Cuando salen, como por un pacto con el cosmos, el cielo se vuelve naranja antes de agazaparse tras un telón azul oscuro. Como si antes de hacerse de noche, el mundo les diera un rato extra para cazar y cantar. Como los abuelos que salen al fresco a comentar el día, las golondrinas aprovechan los últimos destellos de luz para alimentarse.

Son las nueve y aun es de día. Últimos días antes de irnos mi familia y yo al campo a pasar el verano. Mis amigos y yo jugamos a fútbol en la calle hasta tarde. Pasan coches quejándose, rompemos ventanas en una casa y el viejo que vive allí nos quita el balón para que dejemos de jugar. No hay bola, no hay partido. A casa a cenar, que mañana hay que ir a clase a hacer nada. Es 2005, ese es nuestro último fin de curso juntos. A muchos de mis compañeros no volveré a verles nunca. Esas tardes serán las últimas que juguemos a fútbol juntos. Quizás mi memoria me falla y ese año ya no jugábamos en la calle juntos. Me da igual. Sigo sin recordar si el viejo nos devolvió el balón, pero sé que un día, varios años después, arrancaría su Renault Twingo verde en su garaje, aceleraría durante media hora sin parar y nunca le volveríamos a ver.

Muchos amigos desaparecieron de mi vida como yo desaparecí de las suyas. Al igual que la infancia, cuando ya no está es tarde para hacer nada. Piensas que todo será para siempre y que siempre hay un día más para jugar en la calle. Las golondrinas se van y el verano se acaba, y ya no hay más días, ni más imaginación, ni más LEGO, ni más piscina. Solo hay trabajo, obligaciones, emails y vida adulta. Y el cabrón del vecino que se murió con la pelota de tu colega. Y en realidad la pelota es lo de menos porque a quien echas de menos es a tu amigo.

Y el verano que llega, años después, pero no es lo mismo. Ya casi no te das cuenta de los colores en el cielo. El calor es asqueroso y no una excusa para comer helados y bañarte en la piscina. Y lo piensas y cada vez las golondrinas cantan más bajo o a lo mejor ya has perdido la capacidad para escucharlas y el mundo es peor o es una mentira. Y te preguntas si cantaban siempre o estás idealizando no tener responsabilidades o si las cosas buenas se van sin darte cuenta por que no estabas poniendo atención. ¿Y ahora qué hago si soy yo el que tiene que tener las respuestas a todas estas preguntas? Que me jodan entiendo, porque a Bélgica no llegan casi golondrinas.

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Carlos

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